Ayuso ha demostrado ciertos grados de psicopatía: Encanto superficial, pomposidad y arrogancia; necesidad de un estímulo y una excitación constante; inclinación a la mentira, el engaño y la manipulación e incapacidad para el remordimiento o la culpa.

Consigue lo que puedas tan rápido como puedas, antes que algún otro lo haga. Tiene sentimientos de omnipotencia ante víctimas que ella cree desvalidas. Al servicio de las corporaciones abusa y humilla con impunidad.

Su actuación sádica sobre el gremio del taxi rechazando y condenando a este sector la convierte en una máquina inanimada. Su trabajo sucio está por encima de la multitud. Su sadismo erradica su sentimiento de inferioridad y su vulnerabilidad.

El disfrute que goza durante la estigmatización de este colectivo del taxi es similar a su aspecto de muñeca diabólica harta de zamparse órganos recién extraídos de profesionales recién devorados, aún vivos, todavía suplicando.

Ayuso es la pérdida, la alienación y el éxtasis de una sociedad inclemente deformada por experiencias que anula a sus semejantes a los que considera el infierno. Se los zamparía para recomponer su infancia y adolescencia traumática. La que de adulto ha sustituido por dinero. El dinero que sustituyó a la caca. Dinero y excrementos que definen a la muñeca diabólica.

Ayuso disfruta del placer sádico del dictado del mercado que le permite el hacer el mal «just for pleasure». Lo tiene en más estima si la víctima es del escalón más bajo social. Además, a sus votantes también los consideran escoria.

Aunque en España los taxistas estén a la altura de cualquier gremio por estudios y educación son herederos de una larga tradición aguantando desprecios y abusos. Muchos acabaron en esa profesión por no tener padrino o no aguantar a un jefe impresentable. Y contra ellos Ayuso disfruta del placer sádico del derecho a la crueldad.

Si la ven, huyan. Es preferible la muerte solitaria del acantilado./Timisss

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