Hospital Xeral de Galicia en la década de los 70 donde fue atendido el militar tras ser golpeado con una garlopa en la cabeza. Foto: ECG/ Archivo

Galicia estrenaba la democracia, y es que en junio de 1977 los gallegos y las gallegas acudieron por primera vez a las urnas después de una Longa noite de pedra, y entre sus ciudadanos, ya se advertía una cierta inquietud en relación al territorio.

 En aquel año 1977, el primero de la democracia, Compostela celebraba en sus ámbitos culturales y sentía ensanchado en el aire los impulsos de una población, que aún con cierto miedo, pedía y exigía por lo anteriormente impedido o arrebatado.

Sin embargo, para muchos, la transición sólo supuso eso, un mero cambio en la reorganización política del estado, y mientras tanto, sus asuntos continuaban siendo los mismos. Es lo que le sucedió a Manuel Durán Galán, un hombre normal y corriente que trabajaba como taxista en Compostela. Tenía 50 años y llevaba una vida completamente normal a pesar de los rumores que no se despegaban de los labios de sus vecinos, y es que, antes o ahora, las buenas informaciones, o las más detalladas, son realmente, las que aportan aquellos que desde su ventana, y a través de las confesiones secretas de los portales, consiguen crear un relato mucho más fiel a la realidad del que ahí nunca estuvo.

Así, Manuel Durán Galán encontraría su fin debido al clamor que corría, muchas veces silencioso, de puerta en puerta del vecindario. Galán, haciendo honor a su apellido, se veía de vez en cuando con una mujer casada, Rosa Prado, de 36 años, y 30 años más joven que su marido.

El taxista, fue víctima de lo que entonces se denominaba un “crimen pasional”. Su verdugo, fue Justo López Méndez, el marido de Rosa, quien como si fuese un Otelo, en pleno siglo XX, sentía unos celos irremediables porque, conocía aunque no aceptaba, que su mujer le era infiel.

El matrimonio tenía cinco hijos en común, uno de ellos, una niña, era recién nacida, y hacía 20 años que se habían casado, cuando la mujer era todavía menor de edad y su marido ya era un adulto con una cierta edad, algo que no pareció importarle en absoluto a la pareja, incluso, la desconocida o consentida infidelidad de la mujer.

Pero esta unión, escondía en su seno, mentiras, y engaños que acabarían con el crimen de un hombre. Pero, a pesar de lo que se quiera esconder, no hay dato que no sepa un vecindario, que no se de a conocer entre sus calles, bares y tiendas.

Uno de los hijos del matrimonio, era atribuido al taxista Manuel Galán, durante las idas y venidas que mantenía con Rosa Prado y fruto de sus indiscretas relaciones, que lejos de ser conocidas, eran, desgraciadamente, casi pregonadas.

La fecha del asesinato fue el 23 de octubre, acercándose a un frío día de todos los Santos, cuando López Méndez decidió acabar con la vida del taxista, sorprendiéndole mientras este estaba realizando trabajos de carpintería en los bajos de una vivienda de su propiedad, a las afueras de Santiago de Compostela, en el municipio de Teo, en Cacheiras.

Manuel Durán Galán, según las versiones que aportaron los vecinos tras su muerte, habría llegado a su finca situada también en Cacheiras durante las primeras horas de la mañana, tenía por costumbre dedicar tiempo al cuidado de una pequeña granja de animales domésticos, donde además también realizaba algún que otro trabajo de carpintería por placer. Este día, allí se encontraba arreglando algunas partes de la estructura de la finca.

El agresor, del que puede presuponerse que era un hombre fuerte por su pasado en el cuerpo militar de la Legión, conocía de forma pormenorizada todos los detalles de la vida de su víctima, sus horarios, su lugar de residencia, su familia y sus costumbres, debido, básicamente a que Justo López Méndez, ocupaba las horas que tenía el día en el trabajo artesano de preparar maseiras para cerdos en un pequeño terreno en frente a una casita de planta baja de adobe, a pocos metros de distancia de la casa de la víctima, desde donde observaba sus movimientos.

El mismo día en el que se podía entrever una tragedia, hacía tan solo un par de días que la esposa de Justo había vuelto a casa a reunirse con su marido y sus cuatro hijos tras haber dado a luz en el Hospital a una niña, su quinto hija.

Los vecinos, no habían observado ningún movimiento que predijese las trágicas consecuencias de un suceso que agitaría la tranquila zona de Cacheiras. Ni si quiera pudieron ver el trágico encuentro de los dos protagonistas.

Según relataba este periódico en 1977, al día siguiente del crimen, hacia las once menos cuarto de la mañana cuando una mujer pasaba por delante de la casa de Manuel Galán, vio a este tambaleándose hasta caer al suelo desplomado. La vecina, pensó que podía haber sido atropellado en las inmediaciones. El herido no pronunció ninguna palabra mientras un vecino lo trasladaba al Policlínico La Rosaleda. Sin embargo, otro herido saltaría a la escena, otro de los protagonistas del crimen.

Un niño dio la voz de alarma, cerca de la casa de Manuel Galán, alertando de que había un hombre tendido en el suelo, boca abajo. Este era Justo López, quien presentaba un golpe en la cabeza. Al lado del hombre, movido por unos celos irreparables, había un cuchillo, arma con la que acababa de atacar a Manuel Galán y que todavía sujetaba con sus manos.

Y es que en los crímenes, las coincidencias, las anécdotas o las casualidades, parecen, muchas veces, bromas de mal gusto. Así, de manera bastante curiosa, el mismo vecino que había trasladado a la víctima, también trasladaba al agresor al Hospital Xeral en su coche.

EL DETONANTE.

El agresor, sufrió un arrebato de celos, pudiendo estar motivado por el reciente nacimiento de su hija. Y es que, según explicó uno de los vecinos en su momento, alguien pudo haberle comentado algo a Justo sobre la paternidad de la niña, lo que tras meditar sobre el tema, no pudo con ello y decidió actuar.

Las aventuras de Rosa Prado y Galán se remontaban a un par de años atrás, por lo que podría ser de sobra probable que la recién nacida tuviese otro padre. Ante esto, el exlegionario se dirigió al lugar donde se encontraba trabajando el taxista, esperó por el y le sorprendió. Portaba un cuchillo de considerables dimensiones, con doble filo, y que usó para asestarle una única puñalada mortal en la ingle seccionándole la femoral, pues con formación militar, conocía los puntos más débiles del cuerpo. Ante esto, y aún con vida, pues tardaría en fallecer alrededor del 20 minutos, la víctima propinó al agresor un fuerte golpe en la cabeza con una garlopa, quedando partida a la mitad y dejando sin conocimiento al principal agresor.

El taxista, salió corriendo como bien pudo, sangrando abundantemente y dejando un rastro de sangre visible desde el lugar del ataque. El hombre, aún no era consciente de la herida mortal que tenía y que pronto acabaría con su vida. Galán, envuelto en una vida paralela, mentiras y excusas, falleció en el coche de camino al hospital, a la altura de O Castiñeiriño, ingresando ya, en La Rosaleda, como cadáver.

Del mentiroso al mentido, este último presentaba algunas heridas superficiales de las que se recuperó sin problemas mayores.

La Guardia Civil del puesto de Lestedo, comenzó ese mismo día a instruir las primeras diligencias sobre el caso, donde solo había un claro autor de los hechos, y un móvil conocido: la infidelidad pregonada por los habitantes de la zona.

LA CONDENA. El asesino se topó con un juicio, sin embargo, no era nada comparado al que vivía cada día por todos aquellos que conocían los entresijos de la relación de su mujer con el taxista. Para él, honrando, su nombre, había hecho justicia, aunque, sin embargo, arrebatar una vida no fue, nunca, la solución.

Unos meses más tarde al suceso se celebró un juicio por el crimen que había conmocionado a todo el área compostelana. Veintiséis años y ocho meses de prisión pidió la acusación la Justo López, acusado del delito de asesinato.

Dadas las circunstancias de sobra conocidas por todos los habitantes atentos al suceso y a la vida de los protagonistas, el fiscal solicitó la pena cuatro años de prisión, además de un millón y medio de pesetas como indemnización. Por su parte, la acusación privada pedía 26 años de prisión. Tras la confesión del autor, a Justo López se le tuvieron e cuenta las atenuantes de enajenación mental transitoria incompleta, motivada por aquellos celos que experimentaba hacia el fallecido Galán y que poco a poco fueron haciendo mella en la mente del ex legionario, fundamentada en las habladurías de sus paisanos y convecinos.

Fue así como Justo López , el 7 de marzo de 1979, fue condenado por homicidio a cuatro años de prisión, condena solicitada por el fiscal, además de indemnizar con un millón y medio de pesetas a la esposa e hijos de Manuel Galán, quien dada su infidelidad a largo término que le costó la vida, también estaba casado mientras mantenía una relación paralela la mujer del antiguo legionario.

Quizás el hombre nunca hubiese hecho nada de no ser por los comentarios que se escuchaban en las tabernas, en los kioskos, o en los talleres y en las tiendas. Sin embargo, nunca se sabrá, lo que sí se conoce es que los celos enfermizos de un hombre, al que un secreto a voces le llega cada día, desembocaron en un crudo asesinato que cambiaría la temática de los diálogos de forma radical. Porque tras los hechos, la comunidad de Cacheiras, incrédula ante semejante suceso, conocía, aunque fuese de forma remota, la posibilidad de que el hombre, un día cualquiera, estallase. Este día fue el 23 de octubre de 1977, con el nacimiento de su quinta hija, el detonante que le llevaría a asegurarse en sus convicciones, de los engaños y las mentiras de su mujer y del conocido con el que compartía, sin aparente maldad y buena parte de los días que coincidían, los saludos y las conversaciones cordiales./Correo Gallego

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